viernes, 4 de septiembre de 2009

Días previos. Empieza el camino hacia el final.


Sonaba 8.00, 8.30. El sol irrumpía en sus ojos. Ruidos y portazos...era un día de viento. Café y algunas tostadas, para salir de la rutina del cereal (por cierto muy rico).
En ambos brazos, alternadas picaduras inexplicables.
Tenía playa en su cuerpo. La piel nueva asomaba, los taninos cambiaban de color.

Rutina de limpieza, lavar alguna que otra prenda, hacer la cama, ordenar y prepararse para el nuevo día. Los días previos se venían con mucha ansiedad y parecía eterno. Acogedora ciudad, un hogar más que digno, playa cerca y una vivencia que ella seguía esperando, pero...ya había comenzado.

A veces, con sus bolsas desde casa, salía al Casino (supermercado) para abastecer la pequeña heladera y los estantes restantes. Otras veces, olvidaba las bolsas y solo llenaba sus manos.
Caminando hacia el centro, le habían advertido sobre el barrio musulman, pero parecían ser muy amigables. Por cierto, no toman alcohol, lo que los hace menos peligrosos. Colina abajo, se olían kebabs y confituras tradicionales, un dialectos cortante y cerrado, ojos saltones y mantos y velos cubriendo las figuras esbeltas. Rue Gambetta... hasta llegar a la estación de tren. Estaba en el casco histórico, la escondida ciudad.

Siempre a la PLACE DE LA COMEDIE, a la estación de bicis, automaticamente y con su carnet, sacaba una llave y empezaba la aventura por 12 horas (obviamente nunca llegaba a cubrir tantas horas en bici...siempre la devolvía antes).
A recorrer la ciudad, a inventar un camino, a inventar una aventura, a conocer lo deconocido, a descubrir lo impensado. Aquellos ojos que se desviaban ante cualquier nuevo icono o pincelada.
Allí va...directo a la playa, directo al mediterráneo.

Ana María, auténtica rubia alemana, compartían algunas comidas en la casa, y compartían ellas varias cosas en común. Así, se desaceleraba la tristeza. Risas.
Los dueños de la casa, auténticos poco auténticos, con simpleza por demás y apertura mental, hacían de mi estadía algo único. Nada me podía faltar, nada podría fallar, todo iba bien y bien mejor iba todo. Buscaban complacerme en lo que respectaba al alojamiento, algunas charlas con ella, pero una independecia plena daban el flaco equilibrio necesario para armonizar.

Pasaban los días, y se acomodaba, se ordenaba, abastecía y preparaba para empezar. Ya faltaba poco para empezar a terminar, ya se hacía agua aquel cubo de hielo que en un principio no estaba listo para derretirse.

Nostalgia diurna y nostalgia nocturna, nunca pasaba desaprecibida. Intentaba llenar aquellos espacios en blanco. Intentaba con música. La música curaba aquellos momentos, aquellos ratos eternos. Amplia respiración y a seguir adelante.
Era un día nuevo, y casi era hora de empezar la experiencia que obviamente había comenzado hacía días y la estaba llenando de todo, y que ella todavía no lo notaba.

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